DD.HH.: A 35 AÑOS, LOS DERECHOS HUMANOS SIGUEN SIENDO DESAFÍO Y PROMESA

Enviado el Lunes, 08 septiembre a las 02:11:04


Por Álvaro Ramis Olivos

Cada 11 de septiembre es una oportunidad para reavivar, por medio de la memoria, la demanda de justicia y la exigencia de reparación, nuestro compromiso con la inviolabilidad de la dignidad humana.



Se trata de un momento adecuado para revisar nuestra mirada sobre los derechos humanos y su interpretación ético-política, en un contexto distinto al de 1973, pero que continúa agrediendo la vida de amplias mayorías de chilenos.

Desde hace cuatro años dedico una mañana cada semana a realizar talleres de formación en derechos humanos a estudiantes de enseñanza secundaria. Sin darme cuenta, a lo largo de todos estos años siempre he partido de la premisa que afirma que todos y todas poseemos derechos inalienables, connaturales a nuestra condición humana. Mi interés siempre ha sido potenciar en los jóvenes una clara conciencia de los derechos que les son inherentes, confiando en que este proceso se traduciría inmediatamente en el fortalecimiento de su capacidad de resistir a los atropellos y exigir un lugar en esta sociedad como ciudadanos y ciudadanas en plenitud.

Nunca había tenido que cuestionar esta argumentación. Incluso en los años de la dictadura militar esta afirmación era nuestra única “tabla de salvación”, el único planteamiento que era imposible de refutar por los militares y burócratas en el poder.

Nunca los funcionarios del Pinochetismo intentaron rebatir la declaración universal de los DDHH. Al contrario, en la declaración de principios de la Junta Militar, del 11 de marzo de 1974 Augusto Pinochet y sus generales afirmaron claramente: “El hombre tiene derechos naturales y superiores al estado. Son derechos que arrancan de la naturaleza misma del ser humano, por lo que tienen su origen en el propio Creador. El Estado debe reconocerlos y reglamentar su ejercicio, pero no siendo él quien los concede, tampoco podría jamás negarlos" .

Por este motivo la afirmación metafísica de la dignidad humana era una especie de último recurso, que justificaba la defensa de los DDHH. Más allá de cualquier argumentación que pudiera ser calificada como “política”.

Sin embargo, en muchas ocasiones la respuestas de los estudiantes a mis intentos de hacerles concientes de su “derecho a tener derechos” ha sido el sarcasmo, la ironía y la duda: ¿Profesor, si es verdad que tenemos todos esos derechos, porqué en la vida diaria no se nota?”.

Este tipo de preguntas se hace mucho más radical si reconocemos que las solemnes palabras sobre derechos humanos de la junta militar chilena se redactaron al mismo tiempo en que cientos de miles de personas eran detenidas arbitrariamente, y muchas de ellas eran torturadas, asesinadas y desaparecidas.

En la declaración de principios de 1974, los militares chilenos afirmaron: “Chile ha vivido siempre dentro de un orden jurídico. La majestad de la Ley ha estado invariablemente presente en nuestra evolución social. Pero además ese orden jurídico ha sido siempre reflejo del aprecio profundo que el chileno siente por la dignidad espiritual de la persona humana y, consiguientemente, por sus derechos fundamentales ”.

La paradoja es que en el nombre de esta misma “dignidad espiritual de la persona humana”, en el nombre de estos mismos “derechos fundamentales” miles desaparecían y sus cuerpos eran arrojados al fondo del mar.

Franz Hinkelammert ha descrito claramente la forma como la modernidad, amparándose en las argumentaciones de Locke ha logrado “invertir” los derechos humanos transformándolos en argumentos para su negación. En el caso de la dictadura chilena este proceso fue evidente.

La Junta Militar se apresuró a declarar que “El derecho a discrepar deberá ser mantenido, pero la experiencia de los últimos años indica la necesidad de fijar los límites admisibles de esa discrepancia. No puede permitirse nunca más que, en nombre de un pluralismo mal entendido, una democracia ingenua permita que actúen libremente en su seno grupos organizados que auspician la violencia guerrillera para alcanzar el poder, o que fingiendo aceptar las reglas de la democracia, sustentan una doctrina y una moral cuyo objetivo es el de construir un Estado totalitario. En consecuencia, los partidos y movimientos marxistas no serán admitidos nuevamente en la vida cívica” .

En consecuencia, en el nombre del pluralismo y de la democracia la dictadura terminó con la libertad de expresión y se aniquiló a la misma democracia. En el fondo, tal como lo hizo Locke, los militares chilenos justificaron su acción en la certeza de que enfrentaban una guerra entre la “civilización cristiana occidental” y la “barbarie marxista”, que negaba y combatía la “correcta concepción del hombre y de la sociedad”.

Esto se hace muy evidente si revisamos la declaración de principios a la que antes nos referimos y leemos argumentos como el siguiente: “En política o en moral, lo mismo que en matemáticas, la negación de una negación encierra una afirmación. Ser antimarxista involucra, pues, afirmar positivamente la libertad y la dignidad de la persona humana ”. La cárcel y la tortura de los “enemigos de la vida y la libertad” quedan así legitimadas y matemáticamente justificadas, bajo la premisa: “ningún derecho para los enemigos de los derechos”.

Estas paradojales contradicciones me hacen pensar que las preguntas irónicas de mis alumnos no están tan equivocadas. Al parecer, la evidencia cotidiana nos revela que los derechos humanos, más que convenciones jurídicas, son el resultado de luchas, siempre provisorias, por alcanzar los bienes materiales e inmateriales exigibles para vivir . No basta la proclamación abstracta de principios, que en la realidad no expresan más que las expectativas de una ciudadanía despojada de la posibilidad de hacer efectivos y exigibles los derechos proclamados en las declaraciones políticas y textos jurídicos nacionales e internacionales.

El desafío es reconceptualizar los derechos humanos, superando la dualidad que establece el liberalismo entre las “libertades individuales”, y los postergados derechos económicos sociales y culturales .

Para comprender la indivisibilidad e interrelación de los derechos humanos es necesario partir del reconocimiento de que los hombres y mujeres poseemos necesidades innegables por el hecho pertenecer a la especie humana. O como afirma Agnes Héller “Los seres humanos son únicos. En este sentido no son iguales, no pueden ser igualados en otra cosa que no concierna a la búsqueda de la felicidad, es decir, la satisfacción de sus múltiples necesidades” .

Esta concepción obliga a repensar los derechos en su formulación liberal. El universalismo de afirmaciones como “todos nacemos libres e iguales” debe ser reemplazado por la afirmación de la libertad como capacidad de satisfacción de las necesidades materiales e inmateriales de la vida, de acuerdo a la distinción que propone Amartya Sen entre libertad constitutiva y libertad instrumental .

Al mismo tiempo, la misma experiencia social revela que la consecución de los derechos es fruto de prácticas sociales, contextualizadas e historizadas, que permite avances y conquistas en diferentes ámbitos y niveles .

Por ejemplo, es interesante analizar la apelación a la “dignidad” que realiza la Agrupación Nacional de Deudores Habitacionales (ANDHA), un movimiento social que recoge las experiencias de las “tomas de terrenos” de los pobladores de los años sesenta y setenta y las replantea en el contexto de pobladores que habiendo accedido a una vivienda social, no logran pagar los dividendos de la deuda adquirida.

Si partimos desde este paradigma es posible comprender, por ejemplo, la forma como entienden el derecho a la tierra las mujeres campesinas e indígenas de Chile: “Para nosotras las campesinas y las indígenas, a diferencia de muchos hombres, el significado de la tierra además de ser un medio de reproducción, es un espacio y un ambiente de vida, de culturas y emotividad, de identidad y espiritualidad. Por lo mismo, no es una mercancía, sino un componente fundamental de la vida misma, al cual se accede por derecho, de manera inalienable e imprescriptible, mediante sistemas de propiedad, acceso y goce definidos por cada pueblo o nación”. ”.

También podremos comprender a que se refieren los pescadores de Mehuín y Queule al apelar al derecho a un ambiente sin contaminación, al estar amenazados en su subsistencia por la instalación de una planta de celulosa . O los habitantes del valle de Huasco a los que un proyecto minero amenaza con dejar sin acceso al agua.

Un caso evidente y concreto que muestra el desfase entre la proclamación abstracta y la consecución material de un derecho es el debate sobre la educación en Chile.

Recordemos que la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) elaboró en el año 2004 un informe sobre el sistema educativo chileno, en el que afirma que está "concientemente estructurado por clases sociales, fomentando las desigualdades de origen de los estudiantes”. Mientras la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza subordina el derecho a la educación a la libertad de enseñanza, los estudiantes y profesores se manifiestan constantemente en movimientos por la “educación de calidad para todos”.

Enfrentamos, por lo tanto, el enorme desafío de derrotar el formalismo jurídico y las esencias metafísicas que han sostenido un universo discursivo al servicio de los intereses de una minoría. El hecho de ver en los documentos del derecho internacional, en las constituciones de nuestros países y en los discursos de los líderes mundiales una constante apelación a la igualdad formal ante la ley, no nos puede hacer pensar que se trata de “derechos” ya conseguidos de una vez por todas. Como lo ha recordado Amartya Sen debemos reconocer que "considerar a todos por igual puede resultar en que se dé un trato desigual a aquellos que se encuentran en una posición desfavorable" .

Por lo tanto, necesitamos redefinir los derechos humanos, recordando que su exigibilidad no pasa tanto por las definiciones jurídicas sino principalmente por “procesos dinámicos de confrontación de intereses que pugnan por ver reconocidas sus propuestas partiendo de diferentes posiciones de poder”.

Se trata de convenciones que hay que hacer funcionar creando las condiciones políticas, económicas y sociales necesarias para ello. Por lo tanto, el respeto a los derechos humanos exige la construcción de marcos de relación que posibiliten alternativas y tiendan a garantizar posibilidades de acción amplias en el tiempo y en el espacio en aras de la consecución de los valores de la vida, de la libertad y de la igualdad.

Datos:

(1) Declaración de Principios de la Junta Militar Chilena. 3.1.1
http://es.wikisource.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_de_principios_del_gobierno_de_militar

Declaración de Principios de la Junta Militar Chilena. 4.5.5
Franz Hinkelammert “La inversión de los derechos humanos” . Pasos 85, DEI. San José de Costa Rica.
Declaración de Principios de la Junta Militar Chilena. 4.5.5
Declaración de Principios de la Junta Militar Chilena. 4.5.6
Joaquín Herrera Flores. “La complejidad de los derechos humanos. Bases teóricas para una definición crítica”. p. 6
Es interesante retomar al respecto los aportes de la Conferencia mundial de derechos humanos. Viena, 14 a 25 de junio de 1993. http://www.unhchr.ch/huridocda/huridoca.nsf/(Symbol)/A.CONF.157.23.Sp?OpenDocument
Op cit en Alfonso López Izquierdo. “Necesidades, utopía y revolución en Agnes Heller” www.publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/laventan/Ventana5/ventana5-9.pdf -
Cfr. En “Los derechos humanos y el orden global.” J, Herrera Flores. P. 58-59.
http://www.aluchar.ouvaton.org/din/?q=node/view/248
Francisca Rodríguez,, en “Las mujeres campesinas e indígenas de América Latina de frente a los objetivos del milenio” . http://www.anamuri.cl/
http://www.mehuinchile.org/spip/
http://www.noapascualama.org/

http://www.luchasecundaria.cl/
http://www.colegiodeprofesores.cl/
Amartya Sen "Nuevo examen de la desigualdad" (1992)
Joaquín Herrera Flores “Hacia una visión compleja de los derechos humanos” en Joaquín Herrera Flores
(ed.), El Vuelo de Anteo. Derechos Humanos y Crítica de la Razón Liberal, Desclée de Brouwer, Bilbao,
2001.

El autor es Teólogo. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.

Santiago de Chile, 8 de septiembre 2008
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