Los cisnes de cuello negro

(Por Marina Nill*) Sinceramente, perdimos la cuenta del tiempo que hace que comenzó el conflicto de las pepeleras en Gualeguaychú, a pesar de que lo seguimos casi obsesivamente, apoyando a Entre Ríos por supuesto, no por un sentimiento de compatriota, sino por una conciencia ecológica elemental que deberíamos tener todos para evitar que nuestro planeta continúe resquebrajándose a esta velocidad…

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¿Exagerados? Botnia asegura que el medio ambiente no corre ningún riesgo. En tal caso, ¿por qué no lo instalan en Finlandia mismo, o en cualquier otra ciudad europea? ¿Tan buena gente son, que vinieron justamente a Uruguay a crear fuentes de trabajo? (para las que van a traer mano de obra especializada de Europa, ¿sabían? Al menos, es lo que comentan las malas lenguas…)

El ánimo no es prejuzgar injustamente ni imponer nuestra opinión, sino compartir con el público lector una experiencia muy parecida que sufrió (sí: SUFRIO) la ciudad de Valdivia, en Chile.

En junio de 1981, decreto mediante, fue creado legalmente el Santuario de la Naturaleza. Este lugar privilegiado se había formado luego del terremoto de 1960, que provocó hundimiento de grandes extensiones de terreno: se crearon naturalmente nuevas formaciones acuáticas y un humedal, que se colonizó por plantas acuáticas y vegetación emergente, dando origen a diferentes tipos de hábitats.

Variadas especies de animales (en especial aves) lo adoptaron de hogar para vivir y reproducirse. Durante todo el año se organizaban excursiones fluviales que zarpaban desde Valdivia a distintos puntos del Santuario para realizar un viaje de observación de flora y fauna.

Era un sitio reconocido internacionalmente, que atraía a muchos turistas extranjeros. Recién formado, el Santuario de la Naturaleza del río Cruces estuvo protegido por la Convención Internacional Ramsar, de la cual Chile era parte contratante, con la finalidad de preservar los humedales más valiosos del planeta.

Tanta maravilla no estaba destinada a perpetuarse. Igual que Botnia, un día hizo su aparición “Celulosa Arauco y Constitución S.A.”, planta productora de celulosa Kraft, presentada al país como una empresa modelo.

Según sus flamantes ejecutivos, era la primera en ser sometida a un Sistema de evaluación de impacto ambiental (Seia), contemplado en la ley 19.300 sobre bases generales del medio ambiente, y una de las pocas en el mundo con un sistema de tratamiento terciario para la evacuación de fluidos.

A poco andar, fue evidente que algo estaba fallando. La resolución ambiental había asegurado que las emisiones de sulfuros totales reducidos (RTS) no serían detectados por el olfato humano. Sin embargo, se proyectaba un alcance de 500 metros, llegando a superar con creces los 50 kilómetros en poco tiempo.

Si todo se hubiera limitado al mal olor, quizás se habría hallado una solución que dejara a todos satisfechos. Pero aquello fue la antesala de algo peor: la irremediable contaminación de las aguas, que trajo como lógica consecuencia la destrucción de las plantas acuáticas, y con ella, un riesgo inminente para las especies que de ellas se alimentaban.

Veterinarios de la zona expresaban su preocupación por los tremendos cambios ocurridos en el Santuario. Miles de cisnes de cuello negro –por ejemplo- se dispersaron hacia otras áreas, o se veían por todas partes tratando de alimentarse. En algunos se observaban graves problemas neurológicos, producto de la contaminación. Otros tantos morían cada día en el humedal. Sin haber hecho un censo, se observaba una disminución dramática y los que quedaban se notaban muy flacos.

Lo mismo había sucedido con las taguas y otras aves también. En épocas en las que todos disfrutaban viendo las parejas con sus pollos en la espalda, ni siquiera se habían armado los nidos.

El cambio era brutal, y estaba relacionado con la muerte de miles de hectáreas de Luchecillo, un alga acuática que era su principal alimento.

Era demasiado evidente que esos eventos coincidían con el inicio del funcionamiento de la Planta de Celulosa y las primeras emanaciones pestilentes que debieron soportar los valdivianos.

Para peor, era muy difícil probar el origen de las emisiones, las sustancias que fueron vertidas al río y en qué cantidades. Es probable que los niveles de estas sustancias puedan estar dentro de lo permitido por las normas establecidas, pero aún así preocupan las consecuencias.

Los cisnes de cuello negro, antiguo símbolo de vida y prosperidad, pueden estar reflejando nuestro propio futuro: no en vano alguien dijo hace no mucho, que recién nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer, cuando hayamos destruido todo lo demás. Esperemos no llegar a ese punto…

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